sábado, 30 de abril de 2011

CAPÍTULO XXX. LA INGENIOSA HISTORIA DE LA PRINCESA MICOMICONA

 


Después que el cura terminó de reprehender a don Quijote por lo que se había hecho al liberar a los galeotes, intervino Sancho para decir que quien lo había realizado había sido su amo, a pesar de que él le había advertido de la clase de gente que era la que liberaba. Don Quijote, al oír esto, montó en cólera diciendo que a los caballeros andantes no les correspondía saber a qué gentes les hacían el favor, sino que su religión le exigía ayudar a los necesitados, “poniendo ojos en sus penas y no en sus bellaquerías”.  En vista de la actitud que tomaba don Quijote, intervino Dorotea para tranquilizarlo y pedirle lo que le había prometido.  Aceptó don Quijote y le pidió que le contara su desgracia.

Contó Dorotea que era huérfana de padre y madre. Su padre, conocedor de la magia, vaticinó que el gigante Pandafilando de la Fosca Vista, le usurparía el reino a menos que ella se casara con él; su padre no se lo recomendaba, ni ella tampoco lo aceptaba. Sí que le había aconsejado que buscase en España a un famoso señor llamado don Azote o don Gigote. Sancho corrigió, llamándole Don Quijote o el Caballero de la Triste Figura. Abundó ella en lo mismo, argumentando que el tal caballero tenía un lunar debajo del hombro. Como don Quijote quiso desnudarse para comprobarlo, Sancho le dijo que no lo hiciera, que él sabía que sí lo tenía. Dorotea, aceptaba el ofrecimiento de don Quijote, diciendo que “con los amigos no se ha de mirar en pocas cosas” (no se ha de reparar en nimiedades), pues basta que haya lunar y esté donde estuviere. Dice que está contenta de haberse encontrado con don Quijote y que cuando desembarcó en Osuna, ya empezó a oír su fama. Después de corregirle el cura –una vez que don Quijote se había dado cuenta de que Osuna no tiene puerto de mar- que fue en Málaga el desembarco, continuó ella, diciéndole a don Quijote que si quisiera casarse con ella, que le entregaría su reino y su persona. Oído esto por Sancho, se puso contento al saberse vasallo del posible emperador, pues sólo se trataba según él, de matar al gigante Pandahilado.  Después de disculparse en lo que no hubiera acertado en la narración de su historia, pues ello se debía a  que “los trabajos continuos y extraordinarios quitan la memoria al que los padece”.

Respondió don Quijote que no se podía casar con ella, pues su corazón era de Dulcinea. Sancho cuando oyó esto se encolerizó, diciéndole que Dulcinea no le llegaba ni al zapato de la que estaba delante.  De esta manera, alcanzar el condado sería como “pedir cotufas en el golfo”  (pedir cosas imposibles). Le recomienda que coja el reino que le viene a las manos “de vobis vobis” ( gratis, sin ningún esfuerzo).

Oído esto por don Quijote, maldiciendo a Sancho, cogió la lanza y le dio dos palos en la espada que lo tiraron por tierra.

Habiéndose dado cuenta de lo mal que le habían sentado sus palabras a don Quijote, se levantó y refugiándose tras el caballo de Dorotea le dijo que no quería ofenderlo, sino que reconsiderara y se casara con la princesa, aunque después se amancebara con Dulcinea, pues así sería emperador y él conde. Oído lo anterior por Dorotea, mandó que no se hablara más del asunto, especialmente de “aquesa señora Tobosa” . Le dice a Sancho que le pida perdón a don Quijote, este lo acepta y se disculpa por los palos que le dio, pues “los primeros movimientos no son en manos de los hombres”. Le pide que tenga cuidado al hablar, pues “tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe” (La frecuente exposición al peligro tiene sus riesgos).  Vuelve a disculparse Sancho por lo de Dulcinea y don Quijote le replica que se olvide, pues “A pecado nuevo, penitencia nueva” (cada problema requiere su solución).

Elogia el cura la brevedad del cuento de Dulcinea y contesta ella que sabía qué tenía que decir, pues leía con frecuencia los libros de caballerías, pero desconocía las provincias que tenían puerto de mar, razón por la que se equivocó.

Apartándose don Quijote con Sancho, insiste el primero que le cuente con pelos y señales cómo fue su embajada ante Dulcinea y quién le escribió la carta. Responde Sancho que se la aprendió de memoria y que así se la pudo recitar, pero que la había olvidado. Recordaba lo de “sobajada” o “soberana” y,  el final : “Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura” y  entre una y otra manifestación, había añadido más de mil trecientas palabras enamoradas.



Comentario

Este capítulo lo podemos leer desde distintos puntos de vista: a) Desde una perspectiva realista, hemos de preguntarnos, siguiendo a Parker, por qué le miente Sancho a don Quijote. Está claro que porque: 1. No quiere que se enfade, pues en su locura es capaz de hacer cualquier cosa. En esta misma línea de razonamiento, diremos, siguiendo a Cervantes,  que la verdad se transforma por los intereses de los hombres 2. Quiere seguir con él, pues su codicia le lleva a no darse cuenta de la ilusión de su amo y él quiere participar en esa ilusión de aspirar a ser conde: son las oscilaciones existenciales de las que nos habla Dámaso Alonso.

b)  El perspectivismo lingüístico.  Me referí a él cuando comenté el capítulo XXVI.  También hay perspectivismo en este capítulo. Dorotea finge que su presunto liberador se llama don Azote o don Gigote y Dulcinea del Toboso es aquesa señora Tobosa.

Por su parte, Sancho varía los nombres con mucha frecuencia. No es capaz de retener el nombre real. Lo hace por aproximaciones.  Así, el gigante Pandafilando, se transforma en Pandahilando.

c) Ye aludí en el capítulo XVII al artículo de Lázaro Carreter, la prosa del Quijote. Cuando analiza la heterofonía de la obra, manifiesta que los personajes se expresan de acuerdo con el rango social y cultural que tienen. “Sancho ha de hablar conforme al genus humile que corresponde a su naturaleza rústica.”

En el caso de Dorotea, ella misma manifiesta que era seguidora de los libros de caballerías. Ignoraba la geografía española, pues creía que Osuna tenía puerto de mar. En definitiva, era una persona ignorante. De ahí su afirmación de “aquesa Tobosa”.

d) Guillermo Díaz Plaja, en el libro En torno a Cervantes, concibe el libro “En último término, y bien “teatralmente”, el esqueleto de la novela cervantina es un largo y suculento diálogo. 








jueves, 28 de abril de 2011

CAPÍTULO XXIX. COLABORACIÓN DE DOROTEA

Dorotea continuó pidiendo que le dijesen dónde se podría esconder para no ser vista, especialmente por sus padres, pues había hecho con su honestidad, lo que ellos nunca se hubiesen imaginado.

Quisieron el cura y el barbero tomar la palabra para consolarla, pero Cardenio se adelantó y tomándole la mano, después de presentarse y decir quién era y lo que compartía con ella, el odio a don Fernando, le prometió como caballero que lo desafiaría por el daño que a ella le había hecho.

Agradeció Dorotea a Cardenio su ofrecimiento; el cura les dijo que se fueran con él a su aldea donde les ofrecería lo que les faltaba. Contó el cura por qué estaban allí y recordó Cardenio su disputa con don Quijote.

Oyeron las voces de Sancho, llamándolos. Cuando llegó les dijo lo mal que se encontraba don Quijote; cómo no había podido convencerlo para que saliera, aunque le había dicho que Dulcinea le pedía que regresara; que si no se daban prisa para sacarlo, no sería ni emperador ni arzobispo. Se ofreció Dorotea a representar el papel de doncella menesterosa; conocía cómo tenía que hacerlo, pues era lectora de libros de caballerías.

Dorotea se vistió de princesa con tanta gracia que todos se quedaron sorprendidos de su belleza, especialmente Sancho. Quiso saber su nombre y el cura le dijo que se llamaba Micomicona, princesa de un reino de África. Fue agraviada por un gigante y ha venido a pedirle a don Quijote que deshaga el agravio que el gigante le hizo. Sancho, que parece contagiado de la locura de don Quijote, le pide al cura que aconseje a don Quijote que no se haga arzobispo, pues él, por estar casado, no podría servir a la Iglesia. Sí, que se case con la princesa, con lo cual don Quijote será emperador y él podría cumplir su deseo.

Se pusieron en camino y al poco encontraron a don Quijote ya vestido. De inmediato Dorotea se arrodilló a sus pies y le pidió que la protegiera ante lo que le habían hecho. Sancho, acercándose a don Quijote le dijo que venía de lejanas tierras, al oído de su fama, para que pusiera fin a sus desdichas. Sancho le explicó a don Quijote que se trataba de la princesa Micomicona, reina del reino Micomicón de Etiopía. Don Quijote aceptó la petición, contestando “manos a labor, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro”.

Se pusieron en camino y aunque Sancho iba a pie por la pérdida del rucio, se iba consolando con lo que le correspondería cuando su señor fuera emperador. Los vasallos que tendría, aunque fueran negros, pronto los vendería y con el dinero se podría comprar algún título o cargo oficial.

El cura, que se había quedado atrás con Cardenio, cuando vio venir a don Quijote, después de haber aseado a Cardenio, cortándole las barbas,  se le acercó y abrazándolo por la pierna, elogió su fama. Pronto don Quijote le pidió que se subiese en una caballería de las dos que había. El barbero, que hacía de escudero de Dorotea, se ofreció a dejarle su silla. Cuando se bajó para que el cura se subiera, la mula se espantó, cayó el barbero al suelo y volaron las barbas.  Don Quijote se extrañó y dijo: “!Las barbas le han derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!. 

Después de haberle puesto el cura, por “ensalmo”, las barbas al barbero, y, subido en la mula, junto con la princesa y el barbero, le preguntó don Quijote que qué hacía allí. El cura, que había oído de Sancho la aventura de los galeotes, contestó que junto con maese Nicolás se dirigían a Sevilla a cobrar un dinero que un pariente suyo le había mandado de América. En el camino fue asaltado por unos galeotes, que dicen que liberó un hombre falto de juicio. De esta forma “defraudó a la justicia del rey, alborotó a la Santa Hermandad y soltó al lobo entre las orejas”.

Don Quijote, cambiaba de color, pero no decía palabra.



Comentario

Una vez más vemos cómo arguye Cervantes contra los libros de caballerías. Dorotea confiesa que era lectora de estos libros; Luscinda le pidió el Amadís a Cardenio. Las dos aparecen como personajes alicaídos a los que la vida ha zarandeado como muñecos. Esta es una de las enseñanzas que Cervantes quiere resaltar en El Quijote. Estos planteamientos moralizantes son propios de la época, pero para nada resultan adecuados hoy.

Interesante es también el comportamiento de Sancho. Como ya dijimos en el comentario al capítulo XVII, el análisis de Dámaso Alonso: Sancho-Quijote / Quijote –Sancho, plantea con rigor la visión psicológica de Sancho. Sostiene allí la tesis de que lo que caracteriza a Sancho son las oscilaciones entre el comportamiento pícaro al que le conduce la realidad y la visión fantasmagórica del caballero don Quijote. En efecto, Sancho, llevado por la codicia, desea que su señor se case con la princesa Micomicona, para de esta manera poder recibir los beneficios de su señor, en este caso esclavos negros y después venderlos. Dámaso lo explica con estas palabras: “lo característico del alma de Sancho es que en ella el movimiento de ilusión y desilusión se reproduce ondulatoriamente a través de todas las páginas de la obra”.

Analiza Unamuno este capítulo lamentando las burlas que le hacen a don Quijote; burlas que empiezan con el barbero cuando no puede contener la risa y terminan con el cura cuando reprime tan duramente la liberación de los galeotes.

Otro de los aspectos que resaltan en el libro son las creaciones lingüísticas, el ingenio de Cervantes con las palabras. Esto es lo que ocurre con el nombre del reino y de la princesa: “mico”, significa “mono de cola larga”; mico más mico en aumentativo,  da lugar a Micomicón.  También puede basarse en la expresión “dar el mico”, es decir, engañar, faltar a un compromiso. Dado que Dorotea fue engañada por don Fernando, pudiera ser que esto quisiera indicar la expresión como indica Casalduero.




martes, 26 de abril de 2011

CAPÍTULO XXVIII. HISTORIA DE DOROTEA



La voz que oyeron don Quijote, Sancho y Cardenio provenía de una persona que estaba muy cerca de allí, lavándose los pies en un arroyo. Se estaba lamentando de su desgracia, diciendo que obtendría más recompensa del silencio de las montañas que de ningún hombre a quien le pudiera contar las quejas que tenía.

El joven en cuestión iba vestido de labrador y llevaba puesto una montera. Cuando se la quitó dejó esparcir una larga melena rubia. Por la finura de los pies ya habían advertido que se trataba de una mujer. Pronto se percataron de su belleza, que para Cardenio sólo era comparable a la de Luscinda. Al darse cuenta de la presencia de ellos, quiso huir, pero el cura se le acercó y cogiéndola de la mano le dijo que le contase lo que le ocurría, “pues ningún mal puede fatigar tanto que rehúya de no escuchar siquiera el consejo que con buena intención se le da al que lo padece. Así que contadnos vuestra buena o mala suerte que en nosotros hallaréis quien os ayude a sentir vuestras desgracias.”Oído lo anterior, y dado que se habían dado cuenta de que era una mujer que algo grave le había pasado, pues estaba sola y vestida de hombre en un lugar como ese, contó su historia, diciendo que sus padres eran vasallos, en Andalucía, de un duque de los que llaman “grandes” en España.  Dicho señor tenía dos hijos: el mayor, heredero de su estado y el menor, don Fernando, traidor y embustero. Ella provenía de unos padres, labradores, cristianos viejos, honrados y virtuosos. Se dedicaba a controlar la hacienda y en los ratos libres, leía libros piadosos y tocaba el arpa porque la experiencia le mostraba “que la música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”. Ella, que solamente salía acompañada de su madre y unas criadas para ir a misa, fue vista por don Fernando que inmediatamente se enamoró de ella. Se lo comunicó con múltiples cartas, sin que ella diese respuesta, lo exteriorizó con músicas y verbenas en su calle. Todo ello se volvía en contra de él, no porque no le agradaban las alabanzas, pues “por feas que seamos las mujeres, siempre nos da gusto oír que nos llamen hermosas”, sino por la honestidad y por seguir los consejos de sus padres.

Supo don Fernando que sus padres quisieron casarla. Una noche, estando ella en su habitación, se encontró a don Fernando. No tuvo fuerza para gritar, él la sujetó y “empezó a decirme tales razones, que no sé cómo es posible que tenga tanta habilidad la mentira, que las sepa componer de modo que parezcan verdaderas”. El lloraba; ella no se ablandaba, pues solamente se entregaría a su legítimo esposo. Le prometió serlo él y le dio palabra de que quería ser su marido. Le advirtió que se fijase bien en lo que hacía, porque “nunca los desiguales casamientos se gozan ni duran  en aquel gusto con que se comienzan,”; él continuó con su intento, “así como el que no piensa pagar, que al concertar de la barata, (al hacer un contrato fraudulento) no repara en inconvenientes”. Allí, poniendo por testigo una imagen de La Virgen y en presencia de una criada suya, dejó de ser doncella, una vez que su criada se marchó. Al día siguiente, don Fernando se marchó, “porque, después de cumplido aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de donde le alcanzaron”

Por la misma criada que la traicionó cuando metió a don Fernando en su casa, supo después que este se había casado con una hermosa mujer llamada Luscinda; al enterarse, se vistió de muchacho y se fue en busca de don Fernando. Cuando llegó al pueblo supo que Luscinda, por una nota que don Fernando le encontró en el pecho, se había casado por obediencia a sus padres, pues ella le había dado el sí a Cardenio. Don Fernando la quiso matar y ella desapareció de la ciudad. Trató Dorotea de encontrar a don Fernando, pero no lo consiguió. Su fracaso la había llevado a aquellas montañas.

Cuando salió de su casa se hizo acompañar por un criado suyo. Quiso abusar de ella y lo arrojó por un precipicio. Trabajó como pastor para un ganadero que mostró también lascivos deseos, razón por la cual lo dejó, resignándose a vivir sola en aquellas montañas.





Comentario

Las novelas intercaladas en El Quijote y esta es una de ellas, han recibido diferentes valoraciones por parte de la crítica. Para unos, tal es el caso de Salvador de Madariaga, en Guía del lector del Quijote, son un añadido innecesario. Es más, dice Madariaga, que en tanto que se apartan de la trama, dan a entender un cansancio por parte de Cervantes. Dice que los distintos episodios, “se me antoja “relleno” de autor cansado.”

Otros críticos sí que le dan un significado a estas historias dentro del libro. Tal es el caso de Anthony Close, en  Los episodios del Quijote. Analiza el autor el concepto de episodio en la novela renacentista. Los episodios son “ornamento virtuosista, cuento ornamental divergente, paréntesis elocuente y didáctico”.  En definitiva se trata de añadidos que los autores van realizando en lo que cuentan para darle más variedad a su obra.

Cervantes, en la primera parte del Quijote cuando va intercalando episodios y este es uno de ellos, opta por un sistema coordinativo. El autor “desenchufa” de lo que está contando para introducir una historia que tiene cierta relación, en este caso temática y causale, con el tema de la novela.

Lo anterior, era propio de la forma de narrar anterior a Cervantes. La novedad que él aporta, consiste en lo heterogéneo de los elementos coordinados. Cervantes va enlazando todos los tipos de novelas anteriores a él, -pastoriles, sentimentales, bizantinas...-, con aventuras cómicas, propias de la parodia caballeresca que es el libro.

El mismo Cervantes, en el prólogo a este capítulo nos dice: “gozamos ahora en nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios de ella, que en parte no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia”.

Estas palabras de Cervantes funcionan como corolario de la tesis defendida por Anthony Close.










jueves, 21 de abril de 2011

CAPÍTULO XXVII. EL CURA Y EL BARBERO CONSIGUEN SU PROPÓSITO. CONTINÚA LA HISTORIA DE CARDENIO



 
Le pareció bien a Sancho la propuesta del cura y entraron en la venta para pedirle a la ventera unas faldas y una toca para la cabeza. Esta les preguntó que para qué las querían. Le contó el cura las razones de la locura de don Quijote y cómo tenían que traérselo de donde estaba. Cayó ella en la cuenta de quién era don Quijote y de lo que aconteció con él y Sancho en la venta. Le pidió que dejara depositadas unas sotanas nuevas y les dio todas las ropas que necesitaban. Vistió la ventera al cura con prendas “que se debieron hacer en tiempos del rey Bamba”, y el barbero se hizo unas grandes barbas de una cola de buey rojizo, dirigiéndose hacia Sierra Morena.

Al poco de salir no le pareció bien al cura el ir vestido de esa manera y le pidió al barbero que trocasen la vestimenta. Aceptó este y el cura le explicó todo lo que le tenía que decir a don Quijote. Sancho los fue guiando, siguiendo las ramas que había dejado en el camino. En el trayecto les fue contando la historia de Cardenio. El cura aleccionó a Sancho en lo que tenía que decirle a don Quijote sobre la carta: su entrega a Dulcinea y cómo esta le pedía que regresase.

Sancho se adelantó y quedaron el cura y el barbero, esperando, en un lugar apacible, y resguardados del calor del medio día. Estando en este lugar reconocieron  la voz de Cardenio, por lo que Sancho les había contado, que con voz lastimera cantaba versos de amor, celos y locura. Se le acercó el cura y con convincentes razones le pidió que dejase aquella vida. Les respondió Cardenio, al cura y al barbero, en su sano juicio,  que les contaría la desgracia que lo había llevado allí y verían cómo tal desgracia no tenía consuelo alguno.

Como Cardenio se dio cuenta de que los oyentes ya sabían quién era él y lo que le había acontecido, reanudó su historia donde la había dejado cuando don Quijote lo interrumpió. Empezó contando el contenido de la carta que Luscinda le dirigía a Cardenio y que estaba dentro del Amadís: le decía que la pidiese por esposa a su padre.  Dado que Cardenio sabía que por un tiempo tenía que ejercer de compañero de don Ricardo, le pidió a su amigo don Fernando que intercediera por ellos. Dicho lo cual, se desahogaba diciendo: ¿ de qué me quejo, desventurado de mí, pues “es cosa cierta que cuando traen las desgracias la corriente de las estrellas, como vienen de alto a bajo, despeñándose con furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni industria humana que prevenirlas pueda?.” don Fernando, que anteriormente había visto a Lucinda y se había enamorado de ella, para alejar a Cardenio, lo mando a su casa a pedirle a su hermano don Ricardo dinero para comprar caballos. Mientras, aprovechándose de que Cardenio no estaba allí, le pidió al padre de Lucinda la mano para casarse con ella, cosa que consiguió sin mayor dificultad. Luscinda, a través de un mensajero, se lo dijo a Cardenio.

Este volvió rápidamente a su casa, no sin antes decir que ¿”quién hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido el confuso pensamiento y condición mudable de una mujer?”. Dicho lo cual continuó su historia refiriendo cómo Luscinda se desposa con don Fernando, lo ve él personalmente, se aleja del pueblo y se razona a sí mismo por qué se habría producido tal hecho, si ella le había manifestado siempre su amor. Llega a la conclusión de que “una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada siempre a obedecerlos, hubiese querido condescender con su gusto, pues le daban por esposo a un caballero por principal, tan rico y tan gentilhombre, que a no querer recibirle, se podía pensar o que no tenía juicio o que en otra parte tenía la voluntad, cosa que redundaba tan en perjuicio de su buena opinión y fama”. Dicho lo anterior continuó contando cómo se marchó, llegó al lugar en el que se encontraban, perdía el juicio y lo recuperaba.

Cuando terminó de contar su historia se oyó una voz lastimera que se quejaba.



Comentario

En la cartografía poética del Quijote de 1605 ocupa un espacio singular la venta de Juan Palomeque . Por ella pasaron, se detuvieron  y fueron burladores y burlados don Quijote y Sancho en los capítulos 16 y 17.  Por ella pasa Sancho camino del Toboso, y en ella se encuentra con el cura y el barbero, que van en busca de don Quijote para sanarlo.

Sobre la historia de Cardenio y Luscinda, ya Menéndez y Pelayo afirmaba que en lo relatos intercalados se pude vislumbrar toda la producción novelesca anterior a Cervantes, de tal manera que éste “se la asimiló e incorporó toda en su obra”. Un ejemplo lo ocupa esta novela sentimental. Como ya quedó demostrado en el comentario al capítulo xxiv, hay concomitancias entre las locuras de don Quijote y Cardenio: en los dos alternan los momentos de locura con los de lucidez.

Se hace necesario recordar el posible concepto que de la locura pudo tener Cervantes. Desde el Renacimiento hay un fuerte intento de interpretar somáticamente la enfermedad mental.  La idea de que la mente depende de la organización del cuerpo se expresa claramente en el Examen de ingenios de Huarte de San Juan. Este explicaba la variedad de la psicología humana, a partir de la teoría de los humores. Rafael Salilla señala en 1905 el origen del Quijote en el Examen de ingenios. Las almas dependen de la estructura del cuerpo. Se creía que el mundo estaba compuesto de cuatro humores –tierra, aire, fuego y agua-, estos tenían su contrapartida en los humores constituyentes del cuerpo humano: melancolía, sangre, bilis y flema. Un equilibrio perfecto producía una aptitud general mediocre, mientras que alguna desproporción era necesaria para un desarrollo mental sobresaliente. Este es el hecho que encontramos en don Quijote y Cardenio: son manifiestamente locos, pero capaz de impresionar en sus intervalos lúcidos. Ejemplo de esto último en el caso de  Cardenio lo vemos cuando cuenta con gran lujo de detalles lo que le ha ocurrido con Luscinda.  




martes, 19 de abril de 2011

CAPÍTULO XXVI. DON QUIJOTE EN LA PEÑA POBRE. LA CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA CONTADA POR SANCHO


Una vez que Sancho se marchó, don Quijote se subió a lo alto de la peña y empezó a pensar cómo podría tolerar mejor la ausencia de Dulcinea. Podría imitar a Roldán, que sufrió mucho cuando se enteró que Angélica se había acostado más de dos siestas con el morillo Medoro; o podría imitar a Amadis de Gaula cuando su señora Oriana le prohibió que la visitara hasta que ella quisiese, razón por la cual Amadís se tuvo que retirar a la Peña Pobre en compañía de un ermitaño: allí se hartó de llorar hasta que el cielo los socorrió. No tenía sentido imitar a Roldán, pues Dulcinea, jamás había visto moro alguno. Por lo tanto lo razonable era imitar a Amadís.

Se sabía que Amadís se encomendó a Dios y rezó mucho, en consecuencia eso es lo que él haría: rezar. Rompió su camisa e hizo una gran tira; le hizo once nudos, a manera de rosario, y rezó un millón de avemarías. Como no tenía ermitaños con quien hablar, se entretuvo en escribir poesías en las cortezas de los árboles. Las poesías se apoyaban en el estribillo “Aquí lloró don Quijote/ausencias de Dulcinea / del Toboso/”.

Así pasó tres días don Quijote, encomendándose a las ninfas de los ríos y comiendo hierbas para mantenerse. Tenía al final tal aspecto, que si Sancho tarda más en venir, no le hubiera conocido “ni la madre que lo parió”.

Sancho se dirigió al Toboso. En el camino se encontró con la venta en la que lo mantearon. No se atrevía a entrar, a pesar de ser la hora de comer y tener hambre. Salieron de la venta el cura y el barbero. Cuando vieron a Sancho subido en Rocinante le preguntaron por don Quijote, pero no quería decirles donde lo había dejado porque así lo había prometido. Amenazaron a Sancho, argumentando que probablemente lo habría matado. Este replicó diciendo que “no era hombre que robaba ni mataba: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo”.

Después les contó el estado en que quedó don Quijote y la finalidad de su viaje: darle la carta a Dulcinea. Les piden que les dé la carta, la busca y no la encuentra. Sancho se afligió pues la pérdida de la carta suponía también el extravío de la cedula con la entrega de los tres pollinos. Le replicó el cura diciéndole que no se preocupara, pues cuando llegaran a donde estaba don Quijote, escribiría la cédula y la firmaría don Quijote. Sancho decide entonces decirla de memoria, con estas graciosas palabras: “Alta y sobajada señora … el lego y falto de sueño….Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura”.

Le vuelven a pedir el cura y el barbero que nuevamente les diga la carta y Sancho vuelve a cometer otros tres mil errores. Les cuenta Sancho la promesa de don Quijote de que cuando fuera emperador, lo bien que lo colocaría a él, una vez enviudado, casándolo con una rica doncella. Se quedaron admirados de cómo se había contagiado la locura de don Quijote a Sancho.

Les dice el cura a Sancho y al barbero que tienen que sacar a don Quijote del lugar en el que se encuentra, pero antes entrarían a comer. Sancho se niega a entrar por las razones que más adelante les dirá y les pide que les saquen un plato de caliente y así lo hicieron. Comenta el cura cómo sacarían de allí a don Quijote: se vestiría de doncella y el barbero de escudero. Se presentarían ante don Quijote y requerirían su presencia para deshacer un agravio que a ella le habían hecho. Probarían a llevarlo a algún lugar a ver si conseguían poner remedio a su locura.



Comentario

Uno de los artículos sustanciales para interpretar el Quijote, proviene de Leo Spitzer: Perspectivismo lingüístico en el Quijote. Parte el autor de la tesis, ya explicada, de Américo Castro, sobre la denominada “realidad oscilante”  en el Quijote: recordemos que la realidad, según Castro, se va presentando tal y como los personajes la perciben. Spitzer denomina a lo anterior perspectivismo.  En la obra, esta perspectiva la extiende él a todos los aspectos: temas, personajes, lenguaje…etc. Es decir, Cervantes, como creador se sitúa por encima de los personajes y nos permite ver lo que opinan de los más diversos temas. “Las cosas se nos representan no por lo que en ellas son en sí, sino sólo en cuanto objeto de nuestro lenguaje o de nuestro pensamiento”. Esto nos lleva, desde este punto de vista a ver el Quijote como una obra relativista. Pero tal relativismo tiene una gran excepción: la moral y en concreto el pensamiento del catolicismo español. En todo lo que tenga que ver con Dios y la Iglesia, no rige el perspectivismos, sino el absolutismo. Hay sólo una forma de entenderlo: la de la Iglesia Católica. Cuando don Quijote, confundiendo a Roldán con Ferragut y a Medoro como paje de Agramante, con Dardinel de Almeonte, decide imitar a Amadís y no a Roldán, lo realiza especialmente porque Amadís se retiró a la Peña Pobre y se encomendó a Dios; don Quijote lo imita, rezando “un millón de avemarías”. En este caso se retuerce el argumento con un cierto tono burlón.

Donde también “se pude ver el perspectivismo lingüístico es en la transcripción que realiza Sancho del altisonante estilo amoroso de la carta de don Quijote a Dulcinea” (Spitzer).  Sancho dice de memoria lo que él cree que don Quijote ha dicho: el soberana y alta señora, que dice don Quijote, se convierte en alta y sobrajada señora, corrigiéndolo el barbero en sobrehumana o soberana señora; de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, pasa en palabras de Sancho al llego y falto de sueño y el ferido. “Estos trueques lingüísticos… ponen de manifiesto las distintas perspectivas bajo las que unos mismos acontecimientos aparecen a dos personajes de fondo tan distinto” (Spitzer).

El punto de vista anterior para interpretar el Quijote es muy fecundo y ha dado lugar a la visión idealista del libro. En esta línea se sitúa la Vida de don Quijote y Sancho, de Unamuno. Existe otra interpretación, basada en el realismo. De acuerdo con este punto de vista, la carta habría que interpretarla de acuerdo con la intención que Cervantes plantea en el prólogo: “Procurad que leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa…”

Sobre esto último hay que tener en cuenta la opinión de D. Eisenberg, ya explicada en el comentario del capítulo 1º






sábado, 16 de abril de 2011

CAPÍTULO XXV. LA PENITENCIA DE DON QUIJOTE

Se habían despedido del cabreo y continuaban adentrándose en la montaña con Sancho de mal temple porque don Quijote le había prohibido hablar. Ante esa situación, llega un momento que Sancho le dice volvía a su casa si no le levantaba la prohibición, pues eso era “enterrarlo en vida”. 

Le levantó don Quijote la prohibición y lo primero que le dijo Sancho es  lo mal que lo hizo al interrumpir al loco Cardenio cuando contaba su historia y además contradecirlo en el asunto de Amadís, cuyas consecuencias fueron  los golpes que tanto uno como otro se llevaron.

Contesta don Quijote que el caballero andante está obligado a defender la honra de las mujeres ante cualquier persona que se la quite, sea loco o cuerdo. Cardenio había dicho que la reina Madasima  estaba amancebada con un cirujano. Eso era falso y él tenía que desmentirlo.

Sancho contesta con una retahíla de refranes para justificar que a él lo traía sin cuidado que se amancebaran o no. Entre estos refranes destacan: a) Los que tienen como significado “a mí se me da igual”: “De mis viñas vengo, no sé nada; el que compra y miente en su bolsa lo siente; b) las apariencias engañan: muchos piensan que hay tocino y no hay estacas; c) La libertad no se puede limitar: ¿quién puede poner puertas campo?; d)  de todos se  murmura: hasta de Dios dijeron”.

Le recrimina don Quijote la sarta de refranes que ha dicho y le dice que preste atención porque piensa realizar una hazaña con la que se convertirá en el caballero andante más perfecto del mundo. Justifica don Quijote su pretensión de perfección porque quiere imitar y superar al mejor caballero porque “cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte procura imitar los originales de los más únicos pintores que sabe, y esta misma regla corre por todos los más oficios o ejercicios que sirven de adorno de las repúblicas…”. Le sigue diciendo don Quijote que quiere imitar a Amadís en el sufrimiento que tuvo cuando su señora Oriana lo desdeñó y se retiró en penitencia a la Peña Pobre con el nombre de Beltenebros. Le replica Sancho que Amadís tuvo motivos, pero que él no los tiene, a lo que contesta don Quijote que si él sin causa quiere enloquecer de tristeza, qué haría si Dulcinea le hubiese dado motivos. Por esta razón quiere que vaya y le diga a Dulcinea lo que por ella es capaza de hacer.

Cuando termina de decirle lo anterior, vuelve don Quijote a preguntarle a Sancho que si lleva  el yelmo de Mambrino, a lo que Sancho responde que no es de buen juicio llamar yelmo a una bacía. A lo anterior responde don Quijote diciendo que la transformación de la bacía en yelmo se debe a que andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y las vuelven según su gusto…y así, eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mi yelmo de mambrino y a otro le parecerá otra cosa.

Escogió don Quijote para hacer penitencia el pie de una montaña. Allí, perorando a los dioses se lamentó a voces del sufrimiento amoroso que le producía la ausencia de Dulcinea.

Dicho lo anterior, don Quijote se bajó de Rocinante y lo dejó en libertad. En este momento, Sancho hace referencia a su rucio. (En la edición princeps, de 1604, no se dice cómo se pierde el rucio. En la segunda edición de Juan de la Cuesta, se cuenta cómo Gines de Pasamonte, en el capítulo 23, le robó el asno a Sancho.)

Le dice don Quijote que no vaya a ver a Dulcinea hasta que no pasen tres días y podrá contemplar cómo se da calabazadas  contra las peñas, que le deje hilas para curarse, ya que perdieron el bálsamo. Le contesta Sancho que peor fue perder el  asno.

Cuenta don Quijote que piensa escribirle la carta a Dulcinea en el librillo que se dejó Cardenio. Sancho le contesta que también incluya los tres pollinos que le prometió. A continuación comenta que el suyo es un amor platónico, que no la había visto ni cuatro veces por el recato con que sus padres Lorenzo Corchuelo y su madre Aldonza Nogales la habían criado.

Lo anterior le da pie a Sancho para saber quién es  Dulcinea del Toboso, por otro nombre Aldonza Lorenzo. Dice al respecto que esta es ”mujer de pelo en pecho y que tiene mucho de cortesana”. Le contesta don Quijote con el cuento de la viuda hermosa y rica que se enamora de un fraile motilón y al preguntarle el prior para qué quería un fraile como ese, ella contesta que para lo que lo quiere, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles.

Así que para lo que él quiere a Dulcinea, tanto vale como la más alta princesa, pues “dos cosas incitan a amar, más que otras, la mucha hermosura y la buena fama

Escribió don Quijote su carta amorosa  y se la leyó a Sancho. Le pide este que escriba también la cédula de los tres pollinos prometidos. Una vez realizado lo anterior y explicado a Sancho que dejara unas retamas por el camino para saber volver,  se quedó don Quijote “en carnes y en pañales”; dio “dos zapatetas en el aire y dos tumbas”.  Subido en Rocinante, se marchó Sancho satisfecho de que podía decir que su amo estaba loco.



Comentario

Algunos de los aspectos que habría que resaltar en este capítulo son: a)  La valoración que realiza don Quijote del yelmo de Mambrino. Estas palabras de don Quijote, subrayadas, han dado lugar a dos tesis sobre la interpretación de la verdad en el libro: a.1 Américo Castro, sostiene que la verdad está en función de la percepción que hagamos de las cosa, es un punto de vista personal. La moral es siempre autónoma y está basada en la manera de ser de la persona. “Este concepto idealista de la verdad refuerza la interpretación romántica del Quijote (Alexander A. Parker); a.2 ) Sostenida por Parker. La verdad es objetiva y se corresponde con los hechos. Esta “verdad se encuentra oscurecida por el engaño “(Cervantes, cap.11).  Los encantadores que se imagina don Quijote son los hombres mismos, y en primer lugar, él mismo. Transforman las cosas porque les interesan. Los demás hombres con sus opiniones, ayudan a reforzarla.

b) Los refranes de Sancho. Contribuye a resaltar la figura de Sancho los abundantes refranes que dice. Su persona se va desarrollando a lo largo de la obra, “pasando de ser un humilde rústico a ser tan importante como su señor, esto se logra por los refranes…con ellos la voz de Sancho ingresa con timbre diferenciado en el conjunto polifónico del Quijote (Lázaro Carreter)




















jueves, 14 de abril de 2011

CAPÍTULO XXIV. CARDENIO CUENTA SU HISTORIA



 Empezó a hablar el Roto dándole las gracias a don Quijote por el interés que había mostrado. Le responde don Quijote que se había prometido no irse de aquellos lugares sin saber cómo le podría ayudar, pues si la desventura que lo había llevado allí tenía consuelo, pensaba llorar con él, pues “todavía es consuelo en las desgracias hallar quien se duela de ellas”. Le pide que le diga quién es y qué lo ha llevado allí, a lo que responde el Roto que se lo contará todo, pero que previamente le den algo de comer.

Le dieron de comer y lo hizo como persona atontada, de prisa y engullendo más que tragando. Cuando terminó, se sentaron en un verde prado;  el joven les dijo que les contaría su historia, pero que no lo interrumpieran con preguntas, pues lo que le había ocurrido le provocaba tanto daño, que el detenerse en las desgracias, las aumentaba.

Dijo que se llamaba Cardenio, nacido en Andalucía y era de noble linaje. Lo había llevado allí, en ese estado, su desventura amorosa con Luscinda. Era esta una joven, y hermosa mujer de desde niño estuvo enamorado. Se veían con mucha frecuencia y su padre aceptaba este hecho; pero para evitar las murmuraciones de la gente, les prohibió que se vieran con tanta asiduidad, impidiéndole la entrada en su casa. Esto intensificó el deseo de estar juntos, porque “aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas, las cuales con más libertad que las lenguas suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma está encerrado”. Por esta razón se escribían contándose sus sentimientos

Decidió pedirla por esposa, pero tuvo que aplazar el casamiento porque cierto día cuando llegó a su casa, el duque Ricardo, grande de España,  le pidió a su padre que el joven fuera a su casa como compañero de su hijo el mayor. Allí se marchó sin olvidarse jamás de su amada. Fue muy bien tratado por el duque, pero conoció y trabó estrecha amistad con el hijo menor, Ricardo. Este, gallardo, gentil y liberal le prometió el matrimonio a una joven labradora de su padre, pero no lo hizo y sí la gozó. Para que no se enterara el duque, decidió marcharse del pueblo, pidiéndole a Cardenio que lo acompañara. Se fueron al pueblo de Cardenio. Este, entusiasmado porque volvería a ver a Luscinda, le contó a Fernando sus relaciones con ella, sus virtudes y hermosura. Cierta noche acompañó Fernando a Cardenio a casa de Luscinda, la vio y se enamoró. Le pidió a Cardenio que se la pidiera a su padre por esposa. Después de oírle nombrarle sus alabanzas empezó Cardenio a sentir celos. Se escribían Cardenio y Luscinda notas. En una de ellas, esta le pedía el libro de caballerías que más le gustaba: el Amadís de Gaula

Cuando don Quijote oyó esto, reaccionó de inmediato alabando el buen entendimiento de ella. Cardenio, después de estar un rato callado comentó que uno de los episodios de Amadís no se correspondía con la verdad. Esto irritó a don Quijote y lo llevó a retar a Cardenio. Este, enfurecido, con una piedra golpeó a don Quijote y cayó al suelo. Sancho quiso defenderlo y también quedó malparado; igual le ocurrió al cabrero.

Sancho le recriminó al pastor que no le advirtiese de la locura del Roto. Se enzarzaron el cabrero y Sancho en una pelea, interviniendo don Quijote para tranquilizarlos. Quiso don Quijote saber dónde podría encontrar al Roto, el cabrero le dijo que por aquellos contornos.



Comentario

En este capítulo conviene resaltar los siguientes hechos:

a) La historia de Cardenio y Luscinda. Conviene preguntarse por qué nos volvemos a encontrar otra vez con un loco como protagonista de la novela. La crítica (Rodríguez Marín, Américo Castro, Luis Rosales) coincide, con matices, en señalar que la figura del loco tiene una gran tradición en la Literatura, pues dicen la verdad; con él se puede enfrentar el escritor a la realidad social, criticarla y denunciarla: de otra forma sería imposible.

b) Como demuestra Porras Collantes, en su análisis de las novelas intercalas en El Quijote, todas mantiene una estructura paralela con el libro.

b.1 En esta novela se da el mismo tipo de locura entre don Quijote y Cardenio: en los dos se va alternando episodios de locura con cordura;

b.2 Tanto don Quijote como Cardenio son defensores del matrimonio

c) Sobre esto último es conveniente volver a tener en cuenta la opinión de Américo Castro. Dice Castro que “cada observador posee un especial ángulo de percepción, en función del cual varían las representaciones y los juicios”. Estos pueden ser ciertos o erróneos. Cuando el personaje interpreta mal una realidad moral, las consecuencias son dramáticas o trágicas. Tanto Cardenio como Fernando manifiestan la manera correcta y errónea de pedir el matrimonio.



    

martes, 12 de abril de 2011

CAPÍTULO XXIII. ENCUENTROS CON EL "ROTO DE LA MALA FIGURA"

A raíz de lo acontecido con los galeotes, don Quijote le dijo a Sancho que “el hacer bien a villanos es echar agua en el mar…así que paciencia y escarmentar para desde aquí adelante”.

Considera Sancho que no escarmentará don Quijote, pero le advierte que la Santa Hermandad no entiende de asuntos de caballerías y por lo tanto deberían esconderse por algún lugar de Sierra Morena. Don Quijote lo trata de cobarde, pero para que no lo califique de contumaz, acepta su consejo con tal de que no se lo diga a nadie. Sancho lo tranquiliza diciéndole que “el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana, y no aventurarse todo en un día.”

Se subieron en sus monturas y se adentraron por las montañas para apartarse de la Santa Hermandad. Iba don Quijote sobre Rocinante, pensando en sus aventuras y Sancho, comiendo sobre su rucio, cuando don Quijote encontró en el suelo, un podrido cojín y una deshecha maleta que Sancho abrió; en ella venían varias monedas de oro, que Sancho, con el acuerdo de don Quijote se guardó,  varias camisas de holanda y un librillo de memorias. Cree don Quijote que el dueño fue probablemente asaltado en el camino, pero Sancho le replica que no pues se habían dejado el dinero.

Cogió don Quijote el libro y leyó dos textos. El primero un soneto con el tema del amor sufrimiento por el desdén de la dama; el segundo, una carta con el mismo tema, en la que le reprocha que lo ha dejado por “quien tiene más, no por quien vale más que él”.

Deseaba don Quijote saber quién era el dueño de los objetos para devolvérselos, cuando a lo lejos vieron un joven medio desnudo que iba saltando de risco en risco. Decidió seguirle don Quijote porque se imaginó que era el dueño de las cosas encontradas, pero lo accidentado del terreno se lo impidió. Sancho se opuso alegando que tenía miedo de quedarse solo y que si se encontraba al propietario, se  vería obligado a devolverle los escudos.

No lejos de allí oyeron el silbido de un cabrero. Se dirigieron a él y le comentaron lo de la maleta. Dijo que también la vio él, pero que no quiso abrirla porque no le fueran a tachar de hurto, pues “es el diablo sutil, y debajo de los pies se levanta al hombre cosa donde tropiece y caya sin saber cómo ni  cómo no”. Sancho, que no quería ser tachado de sacre, dijo que  tampoco la abrió, pues “no quiero perro con cencerro”.

A continuación les contó el anciano pastor la historia de “el Roto de la Mala Figura”, que fue como le puso el autor. El joven medio desnudo, de aspecto salvaje, que acababan de ver, se presentó allí hacía unos meses. A veces aparecía de improviso. Les preguntó que cuál era el sitio más escarpado de aquellas sierras y hacia allí se dirigió. Cierto día bajó. Le dieron de comer; al rato se quedó embelesado y se lanzó contra uno de los pastores, llamándolo Fernando, al cual le pensaba sacar el corazón por el mucho daño que le había hecho. En el Roto, alternaban ratos de tranquilidad con otros de locura enfurecida.

Comentó don Quijote que no cesaría hasta conocer a ese hombre; la fortuna quiso que en ese momento, éste se acercara. Don Quijote lo abrazó. Se quedaron mirándose el uno al otro y el Roto empezó a hablar.



Comentario

Resulta ostensible el miedo de Sancho a la Santa Hermandad, pues para escarmiento de malhechores, cuando alguien era condenado a muerte, lo sacaban al campo, lo ataban a una estaca y lo asaeteaban hasta morir.

Cuando Sancho le miente al cabrero respecto a la maleta, le hace una higa a la verdad. Esto viene a elucidar el concepto de verdad cervantina expuesta en el capítulo XI: “la verdad se oscurece…por los intereses de las personas”. Efectivamente, Sancho miente porque no quiere ser tachado de sacre. Lo apoya con el refrán “No quiero perro con cencerro”: no quiero cosas con problemas.

La estructura del Quijote, responde a la de una novela “ensartada” por otras que hacen referencia a la variedad de novelas del XVI, como señaló Menéndez Pelayo. La que se inicia en este capítulo corresponde a la novela sentimental. Todas novelas intercaladas tienen como tema el amor. La lectura de ellas se realiza muy bien a partir de las tesis de Américo Castro. El amor para Cervantes “es la máxima esencia vital; la naturaleza ha hecho del amor un principio armónico. Malhaya quien rompe la ecuación vital, representada en el amor concorde”.

sábado, 9 de abril de 2011

CAPÍTULO XXII. LIBERACIÓN DE LOS GALEOTES

Después de la conversación mantenida en el capítulo anterior, cuenta Cide Hamete Benengeli que vieron a un grupo de hombres que venían ensartados por el cuello con una cadena y esposadas las manos. Los custodiaban cuatro guardias. Sancho de inmediato advirtió que se trataba de galeotes que iban forzados por la justicia real a las galeras.

Don Quijote respondió que aquí debía intervenir él, pues su oficio era deshacer entuertos y ayudar a los necesitados. Sancho le volvió a advertir que los mandaba la justicia, en nombre del rey, en pena por los delitos cometidos.

Quiso don Quijote saber las razones por las que iban castigados. Se lo preguntó a un guardia y le contestó que se lo preguntase directamente a ellos. Así lo hizo don Quijote y le fueron respondiendo con ironía: uno va a galeras por enamorado, pero enamorado de “una canasta de colar atestada de ropa blanca”; otro, según el primero, por músico y cantor, es decir, cantar en el ansia, que según el guarda es “confesar en el tormento”: confesó su delito, “ser cuatrero”; otro, por seducir a jóvenes doncellas; otro por alcahuete y hechicero. Sobre lo primero, don Quijote realiza un elogio de los alcahuetes, los cuales son necesarios en una república bien ordenada. Sobre la hechicería dice que “no hay hechiceros en el mundo que puedan mover la voluntad, como algunos simples piensan, que es libre nuestro albedrío y no hay yerba ni encanto que le fuerce”.

 Por último le preguntó a un condenado que iba cargado de cadenas bastante más que los otros. Dijo llamarse Ginés de Pasamonte; que dejó escrita y empeñada la historia de su vida en la cárcel por doscientos reales y aunque le habían echado diez años, pensaba volver y recuperar el libro, cuyo título era La vida de Ginés de Pasamonte. Este libro es “tan bueno…, que mal año para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o se escribieren”. Discute Ginés con el guardia que los llevaba, quiso este alzar la vara para pegarle y don Quijote se lo impidió.

Don Quijote le pide a los guardias que los suelten, argumentando que “lo que se pueda hacer por bien no se haga por mal…porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres…que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado…y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello.”

El comisario le contestó que no le buscara tres pies al gato, pues no estaba autorizado para soltarlos.

Don Quijote arremetió contra él. Cayó al suelo. Los guardias atacaron a don Quijote. Se produjo un momento de gran confusión y los galeotes se quitaron las cadenas y atacaron a los guardias; estos salvaron la vida huyendo.

Sancho le advirtió a don Quijote que se deberían marchar, pues la Santa Hermandad vendría a buscarlos. Don Quijote reunió a los galeotes y les dijo que “Es de gente bien nacida agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud”. De acuerdo con lo anterior les pidió que fueran al Toboso, se presentaran ante Dulcinea y le contaran la hazaña que había realizado. Le respondió en nombre de todos Ginés de Pasamonte. Le dijo que eso era imposible porque la justicia podría prenderlos de nuevo y que era como pedir peras al olmo.

Don Quijote montó en cólera al oír la respuesta de Ginés, lo llamó “don hijo de la gran puta, don Ginesillo de Paropillo”. Este, al darse cuenta de que a don Quijote le faltaba el juicio, se puso de acuerdo con los otros galeotes, se apartaron y los apedrearon. Don Quijote cayó al suelo. Se acercó un galeote y le rompió la bacía en la espalda; les quitaron las ropas; a Sancho lo dejaron en pelota. Solos se quedaron el jumento y Rocinante;  don Quijote, afligido; Sancho, temeroso de encontrarse con la Santa Hermandad.


Comentario

El capítulo de los galeotes es interesante para conocer aspectos del tiempo de Cervantes. Pierre Vilar considera que “el español roba y se deja robar. La “sisa” o rapiña del criado sobre las finanzas del dueño está descrita como usual en todos los niveles: familia, comunidad, administración. Cervantes, antiguo soldado  dotado del cargo de recaudador, la practicó con poca habilidad pues fue a parar a la cárcel. La “necesidad” por un lado, y la “ocasión” por otro pueden llevar a la galeras. Por eso don Quijote libera a los galeotes”.

Avalle-Arce, en el comentario que realiza a este capítulo, lo enfoca desde “la polarización de actitudes” que se reflejan: cuando don Quijote interroga a los galeotes, estos contestan con ironía, pues “las respuestas se dan en un nivel lingüístico y el caballero las interpreta en otro”.  El primero dice que va por “amor”, al contestarle don Quijote que no se lo creía, responde el galeote que va porque robó ropa; el segundo, por cantar, explica el primero, que por cantar en el tormento del agua; el tercero, por no tener diez ducados, al decirle don Quijote que le dará veinte, contesta que “es como tener dineros en mitad del golfo y se está muriendo de hambre”.  Cuando llega a Ginés de Pasamonte, dice Avalle-Arce que “este archi-criminal literato tiene el mismo apellido artístico que el real e histórico Jerónimo de Pasamonte, aragonés que fue soldado en Italia en el tercio de Miguel de Moncada (el mismo que sirvió Cervantes), luchó en Lepanto, tuvo otras experiencias militares compartidas con el genial novelista, terminó cautivo en Túnez y escribió su vida. Estos paralelismos…han sido esgrimidos por Martín de Riquer para identificar al soldado Pasamonte con Alonso Fernández de Avellaneda”.

Pérez Reverte, en Galeras, puertos y corsarios. La mar y la navegación en el Quijote, analiza la jerga de las galeras, en palabras como gurapas: voz de germanía; en “Tres precisos de gurapas “ son tres años de galeras. Ginés de Pasamonte dice conocer bien a qué saben el bizcocho y el corbacho. “El bizcocho era la comida básica en el mar: galleta de pan negro reseco molido y vuelto a cocer para que se conservara sin enmohecerse –La ración del galeote era, según Mateo Alemán, de veintiséis onzas. El corbacho era el rebenque o látigo, a menudo vergajo, que llevaba el cómitre o guardián de galeotes.”

Una vez más he puesto en negrita el pensamiento de Cervantes elucidado a través de explicaciones de don Quijote sobre el libre albedrío, el comportamiento con los demás y la gratitud.



jueves, 7 de abril de 2011

CAPÍTULO XXI. EL YELMO DE MAMBRINO. LA HISTORIA DEL CABALLERO ANDANTE



Después del desengaño de los batanes, no quiso don Quijote continuar por la vía que llevaban. Giraron y se marcharon por otro camino. De inmediato divisó don Quijote un hombre a caballo que traía puesto en la cabeza un objeto que relucía.

Se dirigió don Quijote a Sancho diciéndole que “no hay refrán que no sea verdadero, pues todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice. “Donde una puerta se cierra, otra se abre””. Aplica el refrán a su frustrada aventura de los batanes y supone que ahora se ha de enfrentar a una aventura cierta: coger el yelmo de Mambrino que juró conseguir (Recuérdese que en el capítulo 9, don Quijote pierde la celada en el enfrentamiento con el vizcaíno; en el 10, dice que se comportará como el Marqués de Mantua hasta que encuentre una celada nueva).

Le pide Sancho que no se vaya a confundir una vez más como ocurrió con los batanes, que él no veía ninguna celada o yelmo en la cabeza, sino un objeto que relumbraba, “que ojalá orégano sea y no batanes”;  pero don Quijote, ofendido,   no quiere volver a oír hablar de los batanes.

A continuación, sin escuchar las razones de Sancho, embistió don Quijote contra un pobre barbero que se dirigía a un pueblo vecino del suyo a realizar una sangría; estaba lloviendo y se puso en la cabeza la bacía para protegerse de la lluvia. El hombre, al ver venir de aquella manera a don Quijote pidiéndole el yelmo que llevaba, se tiró del caballo y puso pies en polvorosa.

Se acercó Sancho y don Quijote le pidió que recogiese el “yelmo”. Sancho se echó a reír al ver que llamaba yelmo a la bacía, pero se contuvo por no irritar a don Quijote

Este, llevado de sus lecturas, cree que es de oro finísimo e inventa una explicación a la transformación que el yelmo había experimentado y aunque pueda ser bacía de barbero como decía Sancho, para él estaba seguro de que en realidad no lo era: “sea lo que fuere, que para mí la conozco no hace al caso la trasmutación”. Considera que le puede ser útil para protegerse de las pedradas y Sancho le contesta que si se  las tiran con honda no.

Sancho, aprovechándose que el barbero se había marchado, dejando abandonado su caballo, quiso cambiarlo por su asno, pero don Quijote se opuso, argumentando que era impropio de los caballeros quitarles los caballos a los vencidos y dejarlos marchar a pie, aunque le permitió cambiar los aparejos, dejando su rucio muy bien presentado. Este cambio de los arreos entre los dos asnos, dice Cervantes que lo realizó  Sancho a "mutacio caparum"

Después de comer, subieron a caballo y fueron por donde Rocinante quiso. Sancho trató de convencer a don Quijote de que sería de más provecho ponerse al servicio de algún rey. Don Quijote le replicó contándole con todo lujo de detalles la historia ideal del caballero andante: el reconocimiento de sus aventuras, su acogimiento por los reyes, sus amores con su hija la princesa, su servicio al rey en la guerra, el descubrimiento de que el caballero también es de ascendencia real, su subida al trono al fallecer el rey y las mercedes que le hace a su escudero.   

Le contesta Sancho que lo que don Quijote ha contado se verá cumplido y llegará a ser rey  Esto lo aprovecha don Quijote para decirle que quizá pudiera ser, aunque la condición principal para casarse con princesa es ser descendiente de reyes. De lo anterior saca como conclusión que “hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derivan su descendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta, como pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente baja y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes de señores; de manera que está la diferencia en que unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron.”. Aplica lo anterior a su caso y considera que cuando pidiera la mano de la princesa, se la deberían de conceder, pero que si no se la concedían, la podría robar.

Esta última afirmación la apoya Sancho con dos refranes que dicen algunos desalmados: “No pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza” y “Más vale salto de mata que ruego de hombres  buenos”.

Continuaron con el tema de las mercedes que Sancho recibiría si don Quijote llegara a ser rey. Nombraría a Sancho conde, pero debería arreglarse la barba. Sancho le responde que si llegara a conde, llevaría tras de sí un barbero que le  rapase y cuidase su barba.

Comentario

  Uno de los objetivos que nos propusimos cuando empezamos a escribir en el blog es descubrir el concepto que Cervantes tiene de la verdad. Ya en el capítulo XI nos dijo que “la verdad se oscurece por el engaño, la malicia y los intereses de las personas”. Está claro que, para Cervantes, existe una realidad, una verdad que se corresponde con unos hechos, pero que los intereses de las personas, transforman los hechos, ocultándolos o presentándolos como lo que no son. Este capítulo muestra ya cómo los hechos se transforman por nuestro interés. Don Quijote se había quedado sin celada y cabalgaba acuciado por encontrar una. Su pensamiento iba puesto en conseguirla. Cuando vio la bacía pensó de inmediato que era yelmo o celada. Sancho se lo advierte y él dice que puede parecer que sea bacía, pero que él cree que es celada; es más, dice que “sea lo que fuere, que para mí la conozco no hace al caso la transmutación”.  Este punto de vista ha sido analizado por Alexander Parker; siguiendo esta línea argumental, nos situaríamos en el pensamiento realista para interpretar la verdad cervantina.

A pesar de darle al pasaje esta interpretación, hay que destacar que Américo Castro, en El Pensamiento de Cervantes, resalta otra que es forzoso señalar.  Cervantes, dice Castro, critica las formas que tiene la sociedad de su tiempo de enfocar las cosas que sucedían., pues “La España del 1600 estaba regida totalmente por la OPINIÓN”. Este hecho llegaba a determinar la vida de las personas: si se opinaba que alguien era un hereje, si se era o no cristiano viejo, si se tenía o no honra…etc, se fijaba lo que le podría ocurrir a esa persona. Para combatir ese punto de vista, nos dio su propia visión del mundo, dándonos la opinión de los locos y la de los cuerdos, la de los altos y la de los bajos. Es decir, la realidad se funda en PARECERES y esta realidad fundada en pareces, va oscilando, por eso Castro la denomina Realidad oscilante. Este punto de vista, puramente idealista  reforzará la interpretación romántica de la verdad del XIX.

Otro aspecto importante del capítulo es el que se refiere a la historia ideal del caballero andante que don Quijote le cuenta a Sancho. Como demostró muy bien Edward  C. Riley en Teoría de la novela en Cervantes, “uno de los méritos de Cervantes consiste en que sea el mismo don Quijote quien las  parodie involuntariamente en sus esfuerzos por darles vida, imitando sus hazañas. Ya en el capítulo I “se sintió con ganas de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete”. Se refería a la novela del personaje don Belianís. En este caso, su imaginación lo lleva a contar la trama de una novela de caballerías, es decir, se siente autor.  

La metáfora "mutatio capparum" le sirve a Salvador de Madariaga, en el libro "Cosas y Gentes I, en el cap. Cervantes y su tiempo", para impeler al lector de la obra a que observe el "fino humorismo de Cervantes, que casi siempre que se acerca al clero", lo hace  de una manera "siempre ligera y casi silenciosa", pues  esta expresión "refiere nada menos que el cambio anual de las capas cardenalicias que se suele hacer el día de Resurrección". Esta visión erasmista que Madariaga ve en algunos aspectos de la obra la defiende apoyando el punto de vista anterior con el siguiente razonamiento: "Por si quedase duda sobre la intención de su metáfora, pasemos al maravilloso cuento de los dos regidores que rebuznando a porfía por dos caminos distintos intentaban dar con el asno que uno de ellos había perdido; y rebuznaban tan bien que al fin se toparon el uno con el otro sin hallar el asno, con lo cual, confundidos en admiración mutua, alabaron mutuamente su arte rebuznatorio hasta que uno de ellos cerró la puja de elogios con este proverbio tendencioso. "si bien canta el abad, no le va en zaga el monaguillo" . (II. 25)






lunes, 4 de abril de 2011

CAPÍTULO XX. AVENTURA DE LOS BATANES

Después de haber comido, y dado que no tenían agua, le dijo Sancho a don Quijote que aquel copioso valle era indicio de que por allí había abundante agua. Se adentraron por una zona muy espesa de árboles. Oyeron un gran estruendo similar a un gran salto de agua. Sancho sintió miedo porque además se empezaban a oír los golpes de unos hierros y cadenas que rítmicamente golpeaban algo.

Don Quijote, embrazó su rodela y le soltó una perorata a Sancho sobre la misión que el Caballero andante tenía en el mundo. Especialmente destacaba don Quijote que deseaba resucitar la edad dorada y expulsar la edad de hierro en la que el mundo se encontraba. Dicho esto, inicia su aventura, no sin pedirle a Sancho que si no regresaba, debería decirle a Dulcinea que había muerto por ser digno suyo.

Sancho, que sentía un miedo atroz, le pide que no se vaya. Le dice que el cura del pueblo les aseguraba que el que buscaba peligro perecía en él; que ahora nadie los veía y por lo tanto, si se marchaban de allí, nadie los tacharía de cobardes; que él tiene mujer e hijos, que se ha dejado llevar por la codicia de poseer la ínsula que le prometió y que por favor que no vaya, que el alba llegará pronto. Don Quijote le contesta que ni las lágrimas ni los ruegos lo han de detener de cumplir lo que como caballero tiene que hacer, así que le prepare a Rocinante.

Sancho, para impedir que don Quijote se marchara, ató con el cabestro de su asno las patas de Rocinante. Diciéndole a continuación que si don Quijote persistía en enojar a la fortuna, queriéndose marchar, sería como dar coces contra el agujón. Don Quijote, ante la imposibilidad de mover a Rocinante decidió esperar a que llegase el día. Sancho le dice que se eche a dormir y si no quiere dormir,  que le contará cuentos, a lo que don Quijote le responde que duerma él, que nació para dormir, que él hará lo que le venga en gana.

Al final, don Quijote desea que le cuente un cuento. Sancho  le cuenta el cuento del pastor Lope y la Torralba. Lo narra muy mal, dada su condición de persona inculta; don Quijote le va recriminando la forma de contarlo. El cuento tiene como tema los celos del pastor; su alejamiento de Torralba y cómo esta lo sigue. Sobre esto, dice don Quijote que “era propio de mujeres desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece”. Sancho deja el cuento con un final inesperado y don Quijote lo atribuye a que el ruido que venía le había perturbado el entendimiento.

Trató don Quijote de ver si Rocinante se movía, pero era imposible. El frescor de la noche y el miedo que tenía, llevaron a Sancho a evacuar el vientre. La “esencia” ascendió y don Quijote, tapándose las narices,  le dijo: “Sancho, hueles y no a ámbar”.

Sancho había desatado ya a Rocinante. Don Quijote al darse cuenta de que Rocinante estaba desatado se dispuso a continuar su aventura. Sancho, lloroso lo siguió, prometiéndose no abandonar a su amo hasta el último tránsito y fin de aquel negocio. Por esta razón piensa el autor que era Sancho cristiano viejo.

Llegaron a un prado desde el que vieron un gran torrente de agua que caía cerca de unas casas en ruinas. Pronto se dieron cuenta de que de allí venía el ruido. Entraron y vieron que lo producían seis mazos de batán que rítmicamente golpeaban.

Sancho no pudo evitar la risa y empezó a recitar, a modo de guasa, el discurso heroico que había dicho don Quijote. Este, irritado por la actitud de Sancho, le asestó con la lanza dos palos en la espalda. Trató Sancho de tranquilizarlo y dijo que lo que les había ocurrido era de risa y digno de contarse, a lo que replicó don Quijote que  no era digna de contarse, porque no son todas las personas tan discretas, que sepan poner su punto en las cosas”.  Admite Sancho los palos que le dio don Quijote, pensando en el refrán de “quien bien te quiere te hará llorar”.

Le pide don Quijote que olvide lo que ha pasado, pues “los primeros movimientos no son en manos de hombre”. La risa y los palos han venido porque no se han respetado las distancias, pues “es menester hacer diferencia de amo a mozo, de señor a criado y de caballero a escudero, así es que de hoy en adelante nos hemos de tratar con más respeto, porque de cualquier manera que yo me enoje con vos, ha de ser mal para el cántaro”.

En el supuesto de que no se adjudicase la ínsula y hubiese que acudir a salarios, desea saber Sancho cuánto cobraba un escudero de los de antes y si se le pagaba por días, semanas o meses. Contesta don Quijote que estaban a merced de lo que el amo les deba, pero que él ya había hecho testamento cerrado por lo que le pudiera ocurrir. Promete Sancho no volver a hacer donaires de su amo a lo que contesta don Quijote que “después de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo fuesen”



Comentario

El Quijote se ha analizado desde todas las vertientes. Una de ellas ha sido desde lo económico social. Desde este punto de vista es de destacar el análisis realizado por Pierre Vilar : “El tiempo del Quijote”.  Le dice don Quijote a Sancho que “nació en esta nuestra edad del hierro para resucitar en ella la del oro”. 

La primera parte se publica en 1605. La pregunta que surge es ¿cómo se encontraba España en esta época?.  Algunos hechos nos sirven para explicar la “edad del hierro” que dice don Quijote: a) Una enorme inflación.  El trigo pasa de los 430 maravedís por fanega en 1.595 a los 1.401 en 1598; b) Un fuerte problema de salud. De 1599 a 1601, “el hambre que sube de Andalucía”, enlaza con la peste bubónica que baja de Castilla y ambas están destruyendo la mayor parte de España; c) Hay un problema demográfico en el campo: se producen ciudades superpobladas y campos yermos. Por esta razón, un hortelano de Castilla que cobraba 3470 maravedís en 1599 percibe 9000 en 1603. Según otro investigador Hamilton, esto no significa una edad de oro para los trabajadores, ya que no los hay asalariados. Predominan los arrendatarios de un suelo caprichoso en los que la mayoría de las veces no se gana para comer.

Hay unos rentistas arruinados y un caballero anacrónico que dirige discursos sobre un tiempo que fue y ya no es.

Sancho ha tenido también los mejores análisis. Es de destacar el de Marques Villanueva “La génesis literaria de Sancho Panza”. El modelo de Sancho, el pastor rústico se encuentra ya en el teatro anterior a Lope de Vega: Torres Naharro, Juan del Encina, Sánchez de Badajoz, etc. Todavía estamos viendo esta figura rústica, miedosa y por supuesto, inculta. El propio autor nos dice que es cristiano viejo a tenor de la fidelidad que le presta a su amo.

Sancho sueña con la ínsula. Esta es para él como Dulcinea para don Quijote. Es el ideal que lo mantiene en la obra, aunque en estos primeros momentos raye en pesadumbre por seguir a un orate como don Quijote.

La validez del provecho de don Quijote está restringida muchas veces a su propia época. En algunas ocasiones realiza valoraciones que son ofensivas: tal es el caso de lo que dice de las mujeres: “era propio de las mujeres desdeñar…”; en otras sigue describiendo la naturaleza humana en un ámbito de universalidad. Hay otras que no se corresponden con los valores actuales: “es menes ter hacer diferencia de amo a mozo…”